Noticias

Juan Carlos Higuero: «Estar en Logroño en un mitin que lleva el nombre del padre de Marcos Moreno me va a traer recuerdos muy especiales»

El ‘León de Aranda’ será la voz del II Memorial Antonio Moreno de Frutos este sábado por la tarde en Logroño

El tartán del Adarraga de Logroño se prepara para vivir una tarde de auténtica pasión atlética con la celebración del II Memorial Antonio Moreno de Frutos. La cita, que destaca por un formato sumamente innovador y disruptivo, derribará las barreras tradicionales entre la grada y la pista, permitiendo al público vivir los concursos y las carreras a pie de calle, sintiendo de cerca la velocidad y la adrenalina de los deportistas. Para hilvanar tanta emoción y conectar la pista con el espectador, la organización ha confiado los micrófonos a una auténtica leyenda de nuestro deporte: Juan Carlos Higuero.

El célebre ‘León de Aranda’, diez veces campeón de España de 1.500 metros, campeón de Europa, bronce en un mundial y cuarto en los Juegos Olímpicos de Pekín, llega a la capital riojana consagrado en su exitosa faceta como comunicador y analista en Radio Televisión Española. Una década después de haber anunciado su retirada de la alta competición, Higuero ha demostrado que su idilio con el atletismo no terminó al colgar los clavos; simplemente se trasladó a las cabinas de retransmisión y a las pistas de toda la geografía nacional, donde su naturalidad y rigor lo han convertido en una de las voces más autorizadas y queridas del panorama deportivo.

Horas antes de que se enciendan los focos del Memorial y el micrófono empiece a rugir en Logroño, charlamos con él sobre la agónica gestión del ácido láctico en la pista, el imparable fenómeno del running popular y los inevitables nervios del directo televisivo frente a los de una gran final olímpica. Nos encontramos con un competidor nato que, con la misma meticulosidad con la que devoraba los últimos 400 metros de carrera, analiza hoy un deporte que sigue siendo su prioridad absoluta y su gran motor vital.

Todo el mundo del atletismo te conoce como ‘El León de Aranda’ (o de la Blume). ¿Quién te bautizó con ese apodo y qué queda hoy de ese león competitivo cuando te pones delante de un micrófono?

«León» es un apodo que me pusieron los jugadores de hockey hierba en el Centro de Alto Rendimiento en la blume. Con el tiempo se hizo muy popular y hoy mucha gente me llama así. Nunca me ha molestado; al contrario, me gusta porque me recuerda mis años en el CAR y el origen de donde nació ese mote.

Este sábado vas a estar a pie de pista en Logroño, oliendo el tartán y sintiendo los nervios de los atletas. En momentos así, con el ambiente del Memorial Antonio Moreno de Frutos, ¿cómo controlas el ‘gusanillo’ de no calzarte los clavos y saltar a correr?

La verdad es que a veces es difícil, porque el atleta nunca se va del todo. Sigue ahí dentro. Cuando ves a los corredores en la línea de salida, inevitablemente te metes en la carrera con ellos, recuerdas sensaciones y, por unos instantes, vuelves a sentir la competición como si aún estuvieras compitiendo. Quizá por eso disfruto tanto de este trabajo: tengo la suerte de seguir viviendo el atletismo desde dentro, aunque ahora lo haga con un micrófono en la mano en lugar de con un dorsal en el pecho.

Este Memorial Antonio Moreno de Frutos de Logroño tiene un formato rompedor: el público va a estar en la misma pista, a pie de calle, sintiendo las zancadas y casi tocando la jaula de disco o la línea de jabalina. Como atleta que ha competido en estadios olímpicos con el público a 40 metros de distancia tras un foso, ¿cómo crees que influye esta cercanía tan brutal? ¿Al atleta le da alas sentir la respiración del público o añade más presión?

Para mí es un auténtico desafío estar en este Memorial Antonio Moreno por todo lo que representa. Conocí a Marcos Moreno en la Residencia Blume, compartimos varios años de esfuerzo persiguiendo los mismos sueños, y estar ahora en un mitin que lleva el nombre de su padre me va a traer recuerdos muy especiales.

Además, me parece un formato muy acertado. La cercanía entre atletas y público genera un ambiente diferente, más vivo. Los deportistas sienten el calor de la gente, esa energía que llega desde la grada y que, en muchas ocasiones, puede ser ese pequeño impulso que les ayuda a rendir un poco mejor. Se nota que detrás de este evento hay personas que conocen bien el atletismo y saben cómo hacerlo atractivo tanto para los atletas como para el público.

Como speaker del evento, tu misión es conectar al público con la pista. ¿Cuál es el secreto para contagiar la pasión del atletismo a alguien que quizás solo vaya al Adarraga a mirar?

Para mí la clave es la naturalidad. La gente no busca escuchar algo artificial, sino a una persona que le cuente lo que ve y lo que siente. Intento trasladar mis experiencias al público para que comprendan mejor todo lo que ocurre en una competición. Siempre he creído en ser yo mismo, sin personajes ni guiones. Vivo y trabajo fiel a mis principios porque creo que la autenticidad es la mejor manera de conectar con la gente. Y el resto lo hace la propia atmósfera que se crea en una pista de atletismo, porque hay emociones que no hace falta explicar: simplemente se sienten.

Tienes marcas espectaculares desde el 800 al 5000, pero alguna vez has dicho que los velocistas de 100 metros te parecen ‘un escándalo’ porque lo difícil en el atletismo es correr rápido de verdad. Si ponemos en una balanza todas las disciplinas, desde los 9 segundos agónicos y sin margen de error del hectómetro, pasando por el colmado de ácido láctico del 400 y el 800, hasta tu terreno del 1500 o el sufrimiento sostenido del fondo… Para un sabio del tartán como tú, ¿cuál es la distancia o la prueba más dura y exigente de la pista?

Es una pregunta difícil porque cada prueba tiene una exigencia diferente. Siempre he pensado que lo más complicado en el atletismo es correr rápido. La velocidad es un talento muy especial y, a partir de ahí, según aumenta la distancia, el reto pasa por ser capaz de sostener ese ritmo durante más tiempo.

Si hablamos de sufrimiento fisiológico, probablemente los 400 metros sean la prueba que más castiga por la acumulación de ácido láctico. El 800, por su parte, me parece una de las pruebas más exigentes porque obliga a correr muy rápido durante mucho tiempo y con muy poco margen para relajarte. En el 1.500 también se corre muy deprisa, pero existe algo más de margen para gestionar la carrera. Cada distancia tiene su dureza, pero esas serían mis sensaciones como atleta.

Vivimos un auténtico boom con el running y, especialmente, con el social running: la gente ya no solo corre por salud o marcas, sino para pertenecer a una comunidad, subirlo a redes o tomarse algo después con el club. Como alguien que ha vivido el atletismo desde la faceta más espartana y competitiva, ¿cómo ves esta transformación del running en un fenómeno social? ¿Crees que se ha desvirtuado el espíritu original o que es lo mejor que le ha pasado a este deporte?

No creo que el running haya desvirtuado la esencia del atletismo. La esencia sigue siendo exactamente la misma que hace décadas: el cronómetro y la medición. Saber quién corre más rápido, quién salta más alto o quién lanza más lejos. Eso es sagrado y es lo que a mí me sigue fascinando del atletismo de élite, porque ves a deportistas capaces de hacer cosas que parecen desafiar las leyes de la física.

Lo que ha ocurrido es que el atletismo popular ha crecido muchísimo y ha abierto la puerta a millones de personas. Son dos realidades que conviven perfectamente. Quizá la asignatura pendiente sea conectar mejor ambos mundos para que quienes disfrutan corriendo una carrera popular también se acerquen a la élite y descubran el enorme espectáculo que hay detrás de ella.

Intentaste entrenar a runners populares pero confesaste que no tenías la paciencia necesaria, porque tú concibes el deporte desde la disciplina del 100% y al atleta amateur no se le puede pedir eso. ¿En este 2026 has conseguido ya esa paciencia que te propusiste o si un atleta en Logroño te pide un consejo te sale el ‘León’ exigente?

Jajaja, de momento no me veo como entrenador. He compartido muchos años con grandes entrenadores y sé bien todo lo que tienen que gestionar. Hace falta una paciencia enorme, y sinceramente creo que yo no la tengo.

Si alguien me pide consejo, encantado de ayudarle, porque me gusta compartir lo que he aprendido. Pero entrenar es otra historia. El atletismo exige muchísima disciplina y dedicación, y a veces hay que invertir meses de trabajo para mejorar apenas unas décimas o unos centímetros. Cuando los resultados no llegan, aparece la frustración, y reconozco que esa parte no la llevaría tan bien. Por eso, de momento, prefiero seguir disfrutando el atletismo desde otro lugar.

Me han chivado que eres un perfeccionista nato y que no dejas un solo detalle al azar cuando te documentas para una retransmisión o un evento. ¿Qué exige más resistencia mental: preparar un gran campeonato desde la cabina de comunicación o las series de entrenamiento para bajar de 3:32 en el 1500?

La preparación de una retransmisión se parece mucho a la de una competición. Me gusta llegar con todo estudiado: quién está en forma, quiénes son los favoritos, las mejores marcas del año y todos esos detalles que ayudan a contar mejor una competición. Muchas veces llevo más información de la que puedo utilizar, porque el directo manda y tienes que adaptarte constantemente a lo que está mostrando la imagen.

A nivel mental, incluso diría que una retransmisión larga puede ser más exigente. Son muchas horas concentrado, gestionando datos y reaccionando a situaciones que no controlas. Como atleta dependía principalmente de mí; en televisión dependes también de las cámaras, de la realización y de que todo ocurra en tiempo real. Esa capacidad de adaptación es, quizá, la parte más compleja del trabajo.

Cuando diste el salto a los micrófonos en RTVE, has admitido alguna vez que al principio ‘patinabas’ y que sentiste cierto recelo de periodistas que te veían como un intruso. ¿Cómo fue ese primer día en la cabina de retransmisión? ¿Se pasan más nervios ahí arriba o en la cámara de llamadas antes de una final de 1500?

Totalmente. Al principio tuve momentos de duda porque, como en cualquier oficio, necesitas tiempo para aprender. Cometes errores, te frustras y te das cuenta de todo lo que te queda por mejorar. Pero esa es precisamente la mejor forma de crecer. Con el paso de los años fui ganando experiencia y credibilidad. Y entonces algunos dejaron de verme solo como el atleta conocido o el personaje simpático para empezar a verme como un profesional más. Y ahí, como ocurre en muchos ámbitos, siempre hay quien te ve como un intruso o incluso como un rival.

En cuanto a los nervios yo pasaba mucho más en una final de 1.500 metros que delante de un micrófono. Como atleta tienes que tomar decisiones constantemente y sin margen de error. Como comentarista también hay responsabilidad, pero tienes más control sobre la situación. Eso sí, me lo tomo con la misma exigencia con la que me tomaba el atletismo.

Te has pegado palizas de seis horas de coche de madrugada para estar fresco narrando a la mañana siguiente, y dices que ‘tras haber tocado el umbral del sufrimiento en la pista, todo lo demás te parece poco’. ¿Esa resiliencia del atletismo es el superpoder que te permite aguantar el ritmo frenético que llevas hoy en día?

Así es. Cuando has vivido situaciones de máxima exigencia y has aprendido a convivir con el sufrimiento, cambias la forma de mirar la vida. El deporte te enseña que casi todo requiere tiempo, esfuerzo y paciencia. Después de haber empujado tus límites tantas veces, muchos de los problemas cotidianos se relativizan. No porque sean menos importantes, sino porque desarrollas una capacidad diferente para afrontarlos. Al final, el atletismo no solo te forma como deportista, también te prepara para la vida.

Este año se cumple una década desde que decidiste colgar los clavos a finales de 2016. Mirando atrás con la perspectiva que dan estos 10 años, ¿qué es lo que más echas de menos de la alta competición y qué es lo que dices ‘menos mal que ya no tengo que pasar por ahí’?

Lo que más echo de menos de la alta competición son las batallas en la pista. Siempre me he considerado un competidor nato, alguien que disfrutaba midiéndose a los mejores. Eso es algo difícil de sustituir. De hecho, si pudiera elegir un momento para volver a vivirlo, sería la final de Pekín 2008, donde fui cuarto. Volvería mañana mismo.

Lo que no echo tanto de menos es la exigencia permanente que supone estar en la élite. Aunque tampoco soy una persona que sepa vivir demasiado relajada. Me gusta tener retos, objetivos y sentir esa ilusión por mejorar. Al final, intento seguir comiéndome la vida a bocados, desde otro lugar.

Hoy no paras: televisión, speaker, organizador de tu propio festival… ¿Sientes que el atletismo te jubiló en 2016 o que simplemente te mudaste a otra habitación del mismo edificio?

Dejé la alta competición hace ya una década. La decisión fue mía, porque sentía que había llegado el momento de cerrar una etapa. Quizá podía haber alargado un poco más mi carrera, pero quería empezar cuanto antes mi camino en la comunicación y construir una nueva trayectoria profesional. Mi vida está programada y ligada a este deporte, es mi primera prioridad. Primero fue como atleta, y ahora como comentarista y comunicador. Sigo sintiendo la misma pasión y las mismas ganas de aportar.

En este Memorial te vas a encontrar con nostálgicos que vibraron con tus medallas del ‘León de Aranda’ y con nuevas generaciones que te conocen por las redes o por ser la voz de Teledeporte. ¿Cómo gestionas ese puente intergeneracional? ¿Te hace ilusión que los chavales de hoy te identifiquen antes como ‘el de la tele’ que como el campeón de Europa que eres?

Sea como sea, siempre hace ilusión que te reconozcan. Evidentemente, mucha gente me identifica por mi etapa como atleta, porque eso forma parte de quién soy y de mi historia. Pero también me encuentro con personas que me conocen por la comunicación y después descubren mi trayectoria deportiva.

Lo vivo con mucha naturalidad. Al final, tanto una faceta como la otra forman parte de mi vida. Y, sinceramente, da igual el motivo: siempre es emocionante sentir el cariño de la gente y que valoren lo que has hecho o lo que sigues haciendo.

Tienes diplomas olímpicos, bronces mundiales y un oro europeo, pero tu foto favorita de siempre es una carrera que ganaste en tu pueblo a finales de los 80. Para el Memorial Antonio Moreno de Frutos de Logroño, ¿qué importancia crees que tiene para los atletas riojanos competir en casa, ante su gente, buscando ese mismo sentimiento de ser profetas en su tierra?

Competir en casa siempre tiene un componente muy especial. Las raíces tiran mucho y, cuando corres en el lugar donde has crecido, los recuerdos aparecen de forma inevitable. A mí me ocurría cada vez que competía en mi tierra: la motivación era diferente porque recordaba los entrenamientos, a la gente que me había acompañado y todo el camino recorrido.

Por eso creo que los atletas tienen que disfrutarlo y saborearlo. Tener una competición de este nivel en tu propia casa, con tu gente animándote y sintiendo el cariño del público, es algo único y un privilegio que merece la pena aprovechar al máximo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies